Hay una forma de perder plata que no se parece en nada a trabajar mal.
Se parece, más bien, a trabajar bien.
Un constructor mendocino tenía una obra que caminaba. Allá el que dice constructor dice todo: recibe el terreno y entrega la casa. Y la entregaba bien, tan bien que el arquitecto se fue entusiasmando. Pasaba por la obra, miraba, y pedía. Corré ese tabique. Ampliá la galería. Ya que tenés la gente acá, aprovechá y hacé también aquello.
Cada vez, él dijo que sí.
Fijate bien en esto, porque acá está toda la historia: no dijo que sí por tonto. Dijo que sí por exactamente lo mismo que lo hacía bueno en su trabajo. En una obra, el que frena todo por medio metro de tabique es un problema, y el que resuelve es el que vuelve a ser llamado el año que viene. Cada “dale, no hay drama” fue, en el segundo en que lo dijo, la respuesta de alguien que sabe trabajar. Era su virtud la que hablaba.
Meses después, con la casa casi terminada, se sentó a hacer la cuenta de todo lo que había agregado. Le llevó un rato largo: eran muchas cosas, repartidas a lo largo de meses, varias de ellas apenas guardadas en la cabeza. Cuando terminó tenía un número grande, y era un número justo. Ese trabajo estaba hecho. Se podía ir y tocarlo con la mano.
Se lo llevó al arquitecto.
El arquitecto le preguntó dónde estaba aprobado.
Y no había con qué discutirlo: ni un papel, ni un mensaje, ni un mísero número anotado el día en que le pidieron cada cosa. De un lado había un hombre que se acordaba. Del otro, una casa terminada.
La memoria no se cobra.
Y lo peor de esa historia no es la plata. Es que hizo el trabajo, lo hizo bien, y encima quedó parado en el lugar del que viene a pedir. Sonando a reclamo, cuando estaba reclamando lo suyo. El que pasó por una conversación así sabe que no se olvida, y que duele bastante más que el número.
Lo que la vuelve injusta es una sola idea, y es la que ordena esta guía entera: trabajar bien debería alcanzar.
No alcanza.
Porque lo que falló ahí no fue el presupuesto —el número del arranque estaba bien, por eso la obra caminaba—. Falló después, en un terreno que casi nadie considera parte de presupuestar y que sin embargo es donde el presupuesto se termina de decidir.
Presupuestar no se acaba cuando mandás el número. Se acaba cuando cobrás el último peso.
El error de base: creer que un presupuesto es una lista de precios
Un presupuesto aceptado es un contrato. No importa que esté hecho en una hoja de cuaderno o mandado por WhatsApp: si vos ofreciste y el otro aceptó, hay acuerdo, y ese acuerdo tiene efectos.
Y acá viene lo que más sorprende cuando uno lo lee por primera vez. El Código Civil y Comercial argentino, en su artículo 1262, dice que si en el contrato no se aclaró nada y tampoco surge de los usos:
se presume, excepto prueba en contrario, que la obra fue contratada por ajuste alzado y que es el contratista quien provee los materiales.
Leelo de nuevo pensando en tu último presupuesto. Si no dejaste escrito el sistema, la ley asume el más exigente para vos: precio cerrado. Y si no aclaraste quién compra los materiales, asume que los ponés vos.
El silencio no te deja libre. El silencio elige por vos, y elige la opción más cara.
Los tres sistemas de contratación, y cuál te conviene
El mismo artículo 1262 nombra tres formas de contratar una obra. No son tecnicismos de abogado: son tres maneras distintas de repartir el riesgo, y elegir mal es lo que hace que una obra bien ejecutada termine dando pérdida.
| Sistema | Cómo funciona | Quién se come el riesgo | Cuándo usarlo en calefacción |
|---|---|---|---|
| Ajuste alzado (precio global) | Un número cerrado por la obra terminada | Vos | Obra nueva, con plano, donde podés medir todo antes de empezar |
| Por unidad de medida | Se pacta el precio por unidad: por radiador, por metro de cañería, por boca | Compartido | Cuando sabés qué vas a hacer pero no cuánto: reformas, ampliaciones |
| Coste y costas | Se cobran materiales, mano de obra y gastos, más un honorario | El comitente | Casas viejas, obras a ciegas, todo lo que aparece recién cuando se abre la pared |
El ajuste alzado es el que casi todos usan por costumbre, y es el más peligroso de los tres, porque tiene un candado. El artículo 1255 lo dice sin vueltas:
Si la obra o el servicio se ha contratado por un precio global o por una unidad de medida, ninguna de las partes puede pretender la modificación del precio total o de la unidad de medida, respectivamente, con fundamento en que la obra, el servicio o la unidad exige menos o más trabajo o que su costo es menor o mayor al previsto.
Traducido a la obra: si cerraste un número y después te llevó el doble de tiempo, o el material subió, o la instalación vieja era peor de lo que se veía, eso lo ponés vos. No hay reclamo. Ese es el trato que firmaste.
Por eso la primera decisión de un presupuesto no es cuánto, es bajo qué sistema. Y si la obra tiene incógnitas que no podés medir antes de empezar, el ajuste alzado no es la opción valiente: es la cara.
El costo: lo que casi siempre queda afuera
Casi nadie se olvida de la caldera. De lo que se olvida todo el mundo es del resto. Y el resto no es menor: es la diferencia entre facturar y ganar.
Cambia el rubro y cambia la lista de materiales. No cambia lo que se olvida.
El electricista se come el cable que sobró, el sanitarista el accesorio que se arruinó al montarlo, el gasista los viajes que nadie contó. Los renglones que siguen valen igual para los tres.
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Materiales
El listado obvio —caldera, emisores, cañería, colector, bomba, accesorios— más tres cosas que se pagan igual y rara vez se presupuestan:
- El desperdicio. El caño que sobró y no sirve, el accesorio que se arruinó al montarlo, el rollo que había que comprar entero. Nadie compra la cantidad exacta.
- El material menudo. Selladores, teflón, estopa, soldadura, discos de corte, mechas, tarugos, abrazaderas, aislación de cañería. Individualmente no es nada; sumado en una obra completa es una cifra real.
- El flete y la búsqueda. La caldera no aparece sola en la obra.
Mano de obra
Acá está el agujero más grande, porque casi todos cuentan las horas que están con la herramienta en la mano y ninguna de las otras. Las que existen igual:
- El relevamiento y la visita previa.
- El tiempo de armar el presupuesto (sí, ese también).
- Las compras: pedir, comparar, ir a buscar, reclamar lo que llegó mal.
- Los viajes, y el tráfico.
- La puesta en marcha, las pruebas y la regulación fina.
- Explicarle al usuario cómo se maneja el sistema.
- Las vueltas a la obra por algo que no dependía de vos.
Si tu hora vale y solo cobrás las de la llave en la mano, estás regalando entre un cuarto y un tercio de tu tiempo. No hace falta un número de nadie para verificarlo: anotá durante una obra completa cuántas horas le dedicaste en total, y comparalas con las que facturaste.
La estructura
Es lo que gastás exista o no exista la obra, y se paga con las obras. La camioneta y su mantenimiento, el combustible, la herramienta y su reposición, el seguro, la ART si tenés gente, el teléfono, el contador, los impuestos, la matrícula, la actualización. Nada de eso se factura solo.
Hay una manera simple de bajarlo a tierra: sumá todo lo que te cuesta un año de estructura y dividilo por la cantidad de horas que realmente vendés en un año. Ese número es lo que hay que sumarle a cada hora antes de pensar en la ganancia. Es tu número, no el de nadie más, y cambia todo.
La lista larga de arriba tiene un atajo: llevá una libreta —o una nota en el teléfono— con cada cosa que hiciste en una obra y no habías presupuestado. En un año esa libreta vale más que cualquier plantilla, porque son exactamente los ítems que a vos se te escapan. Cada uno entra al presupuesto siguiente.
Y hay una segunda fuente, que es la barata: mirar cómo le va al de al lado. Todo esto se aprende de dos maneras nada más, perdiendo plata propia o viendo perderla a otro, y la segunda sale gratis. El que quedó pagando un adicional, el que no cobró el saldo, el que discutió por algo que nunca escribió: cada uno de esos casos es una lección completa que ya pagó otro.
Las previsiones: lo que todavía no pasó pero va a pasar
Una previsión no es pesimismo. Es un renglón.
Lo que no se ve hasta que se abre. En una casa vieja, la instalación existente es una incógnita: la cañería puede estar peor, puede no haber espacio, puede aparecer una viga donde iba el montante. No se resuelve adivinando: se resuelve dejando escrito qué pasa si aparece. Un renglón que diga “si al abrir se detecta que la cañería existente no es reutilizable, se presupuesta aparte a $X el metro” convierte una discusión futura en un trámite.
La obra que no está lista. Llegás y no hay electricidad, o el contrapiso no está, o el albañil todavía no cerró. Ese día se pagó igual. Dejá escrito qué condiciones tiene que cumplir la obra para que vos entres, y qué pasa si no se cumplen.
Los precios. Entre que mandás el presupuesto y comprás el material puede pasar cualquier cosa. Por eso todo presupuesto lleva plazo de validez, y el plazo tiene que ser corto y honesto. Y por eso conviene que el anticipo alcance para comprar el material grueso el día que se acepta: comprado el material, desaparece el riesgo.
Ojo con una idea que circula: que si los precios se disparan, se puede pedir un reajuste. Existe una figura para eso, la imprevisión del artículo 1091, pero exige una alteración extraordinaria de las circunstancias, ajena a las partes y que no esté dentro del riesgo que vos asumiste. Un aumento que cualquiera podía prever no entra ahí. No es una red: es una excepción angosta. La protección real es el plazo de validez y el anticipo.
La garantía. Si volvés a la obra a los tres meses a resolver algo, ese día te lo pagás vos. Salvo que ya esté adentro del precio.
El margen: no es lo que sobra
El margen no es la propina que queda al final. Es un renglón que se pone a propósito, y paga cosas concretas: el riesgo de que la obra se complique, las vueltas de garantía, los días muertos entre obra y obra, la herramienta que hay que renovar, y lo que te permite crecer en vez de solo sobrevivir.
Y hay una cuenta que se hace mal en todos lados.
Decir “al costo le pongo un 30%” no es tener un margen del 30%.
| Marcar 30% sobre el costo | Querer 30% de margen sobre la venta | |
|---|---|---|
| Costo | $100 | $100 |
| Cuenta | 100 × 1,30 | 100 ÷ 0,70 |
| Precio | $130 | $142,86 |
| Te queda | $30 sobre $130 = 23% | $42,86 sobre $142,86 = 30% |
Son casi trece puntos de diferencia sobre el mismo trabajo. En una obra de varios millones, esa confusión es un sueldo.
La fórmula, para tenerla a mano: precio = costo ÷ (1 − margen). Si querés un 35% de margen, dividís el costo por 0,65.
Dos fuentes de margen, no una
Hay una decisión previa que cambia toda la cuenta: de dónde sale tu margen.
El que solo pone la mano de obra tiene una sola fuente, y todo el peso del precio cae ahí. El que además provee el material tiene dos, y en calefacción suelen ser dos listas distintas —la de calefacción y la de la casa de sanitarios, cada una con su propio margen— más la mano de obra encima.
Eso no es solamente más ganancia. Es margen de maniobra, en el sentido literal de la palabra.
Porque con las dos fuentes sumadas se puede hacer algo que con una sola no: devolver una parte como descuento por el pago de contado de toda la mercadería. Y ese descuento no es una concesión ni una simpatía. Es una compra: estás comprando plata al contado el día que arranca la obra, que es justo el día en que te hace falta.
Conviene ver contra quién se compite ahí. Una casa de calefacción compra como mayorista y tiene márgenes de material bastante más grandes que los tuyos: en una pulseada de precio de lista no le ganás. Pero el descuento por contado, tomado de tu propio margen, sí te sienta en la misma mesa. El cliente ve un número mejor, y vos arrancás la obra con el material cubierto.
Y ahí aparece el criterio que ordena todo lo que viene: lo que tiene que quedar cubierto, sí o sí, es el costo de los materiales. La mano de obra se recupera trabajando. El material que te comiste sale de tu bolsillo y no vuelve.
Los adicionales: donde se pierde la plata
Acá se decidió la historia con la que abre esta guía.
El artículo 1264 del Código separa las dos puntas, y conviene leerlo entero porque cada frase tiene consecuencias:
Cualquiera sea el sistema de contratación, el contratista no puede variar el proyecto ya aceptado sin autorización escrita del comitente, excepto que las modificaciones sean necesarias para ejecutar la obra conforme a las reglas del arte y no hubiesen podido ser previstas al momento de la contratación; la necesidad de tales modificaciones debe ser comunicada inmediatamente al comitente con indicación de su costo estimado. […]
El comitente puede introducir variantes al proyecto siempre que no impliquen cambiar sustancialmente la naturaleza de la obra.
Leé el desbalance, porque la trampa entera está en esos dos renglones. El que contrata puede pedir cambios: está en su derecho, y el mendocino no tenía nada que objetarle. El que ejecuta no puede mover nada sin autorización escrita, y cuando algo se vuelve imprescindible tiene que avisar de inmediato y con el costo estimado.
Ahí está el problema: la ley le exige al que trabaja justo lo que la costumbre de obra le pide que no haga. Frenar. Poner un número. Esperar una respuesta antes de mover un dedo. El Código y el “dale, no hay drama” apuntan para lados opuestos, y cuando llega el momento de cobrar, el que se comió la diferencia es siempre el mismo.
La regla corta: lo que no se replantea en el momento, se regala.
Y "en el momento" es literal. No al final de la semana, no cuando se junte todo: antes de hacerlo. Los treinta segundos que tarda escribirlo son toda la diferencia entre un adicional cobrado y un favor.
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La herramienta: la orden de cambio
No hace falta nada solemne. Un mensaje de WhatsApp alcanza, y es exactamente para lo que sirve tener las cosas por escrito. Lo que no puede faltar:
- Qué cambia, en una línea, sin tecnicismos.
- Cuánto suma al precio. Un número, no “lo vemos después”.
- Cuánto suma al plazo. Los días también se pagan.
- Un pedido de confirmación explícito. “Confirmame y lo arranco.”
Un ejemplo, así de simple:
Eso es todo. Treinta segundos.
Si te contestan que sí, tenés el adicional aprobado. Si te contestan que no, no lo hacés y no perdiste nada. Y si no te contestan, tampoco lo hacés — y ese silencio, con tu mensaje arriba, también es una constancia: el día que pregunten por qué no está hecho, la respuesta está escrita.
Un detalle más del 1264, que juega a favor de las dos partes: si las variaciones suman más de la quinta parte del precio pactado, el comitente puede dar por terminado el contrato, avisando dentro de los diez días de conocer la modificación y su costo. O sea que el Código da por sentado que los cambios se valorizan a medida que aparecen. Un adicional que se informa recién al final le saca a la otra parte una decisión que la ley le reconoce — y ese es, justamente, el argumento con el que después te lo discuten.
La cobranza: cómo quedar cubierto
Que no te paguen al terminar es tan común que conviene tratarlo como lo que es: un riesgo previsible, con medidas concretas.
Acá no se salva ningún rubro.
El que arma el tablero, el que monta la caldera y el que hace la instalación de agua terminan en la misma escena: la obra entregada, el trabajo a la vista y un saldo que no aparece. Las cuatro medidas que siguen son las mismas para cualquiera.
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1. No financies la obra
Antes de los esquemas conviene sacar del medio una expectativa: no existe una forma correcta de cobrar. Cómo se arma el pago sale de la capacidad de cada uno —de si proveés el material o no, de con cuánto capital podés trabajar, del tamaño de la obra—, y por eso dos instaladores que trabajan igual de bien pueden cobrar de maneras completamente distintas sin que ninguno esté equivocado. El que busca la fórmula única está buscando algo que no existe.
Lo que sí es igual para todos es qué tiene que quedar cubierto, y ya lo vimos: el material.
Con eso claro, dos armados que funcionan, y se eligen por tamaño de obra:
- Obra chica o mediana: 50% de anticipo, un pago contra avance y el saldo a la entrega. El anticipo dimensionado para que el material grueso entre a la obra a precio de hoy. No es una seña simbólica: es su razón de ser.
- Obra grande: tres pagos de un tercio, contra avances pactados de antemano. Cuando el plazo es largo, tres tramos reparten el riesgo mejor para las dos partes que un anticipo grande y una espera.
En los dos casos los pagos van atados a hitos que se ven: caldera montada, tendido completo, emisores colocados, prueba de presión aprobada. Nada de “a los 15 días”. Contra hecho cumplido no se discute.
Y sobre el último pago, una lógica para tener presente al decidir su tamaño: es exactamente la plata que te van a pelear cuando ya no te quede nada para retener. Cuanto más grande, más tienta la discusión; cuanto más chico, menos te duele si se pierde. Pero tiene que seguir siendo lo bastante interesante como para que del otro lado también quieran cerrar.
Hay clientes con los que nada de esto hace falta. En la Patagonia había obras grandes que se terminaban un día y se cobraban enteras al siguiente —o cuando uno pasara, sin apuro y sin una sola vuelta—. Existen, son muchos, y con ellos el esquema queda guardado en el cajón.
El problema es que cuál es cuál se sabe después. Nadie llega con su historia escrita en la cara: se lee sobre la marcha, y para entonces ya estás adentro. Por eso el esquema se arma una sola vez, antes de conocer a nadie, y después se aplica entero, a medias o nada según con quién estés trabajando. Tenerlo armado es lo que te deja ser flexible con el que responde bien sin quedar desarmado frente al que no.
2. Dejá registro del avance
Fotos con fecha de cada etapa terminada. Los remitos de material firmados por quien lo recibió en obra. La prueba de presión, anotada con su valor y su horario. No es burocracia: es lo único que convierte “yo lo hice” en algo demostrable seis meses después.
3. Si no pagan una etapa, podés parar
Esto muchos no lo saben. El artículo 1031 del Código habilita la suspensión del cumplimiento: en un contrato donde las dos partes deben cumplir, una puede suspender su prestación “hasta que la otra cumpla u ofrezca cumplir”.
En criollo: si venció la etapa y no te pagaron, frenar la obra no es un capricho. Ahora bien, entre tener el derecho y poder usarlo sin discusión hay una distancia, y la distancia se acorta dejándolo escrito en el presupuesto: “la falta de pago de una etapa suspende los trabajos hasta su regularización, y los días de suspensión se agregan al plazo”. Con esa línea aceptada, parar no te pone a vos en incumplimiento.
Y hay una segunda herramienta, para cuando todavía no te fallaron pero ves venir el problema. El artículo 1032, la tutela preventiva, permite suspender el propio cumplimiento cuando la otra parte sufrió “un menoscabo significativo en su aptitud para cumplir, o en su solvencia”. La suspensión se levanta si el otro cumple o da garantías suficientes. Es la respuesta formal a esa sensación de obra que se está cayendo: en vez de seguir poniendo material y esperar lo mejor, se pide garantía.
4. Cerrá la obra por escrito
La entrega también se documenta, y acá el Código tiene un matiz que juega a favor de los dos lados. El artículo 1272 dice que si se pactó un plazo de garantía para que el comitente verifique la obra o compruebe su funcionamiento, la recepción se considera provisional y no hace presumir la aceptación. Y que, aceptada la obra, el contratista queda liberado por los defectos aparentes —los que estaban a la vista— aunque siga respondiendo por los vicios ocultos.
De ahí salen dos cosas prácticas. Una: un acta de recepción, aunque sea media carilla firmada, cierra la discusión sobre lo que estaba a la vista el día de la entrega. Dos: si hay algo pendiente que no depende de vos —falta la conexión definitiva, falta el revoque, el usuario todavía no tiene gas—, eso se anota como reserva en el acta. Lo que no se anota, después es tuyo.
La garantía: la que das y la que trasladás
La garantía entra al presupuesto como un renglón más, y casi siempre entra mal: en una línea suelta que dice “garantía escrita” sin aclarar de qué.
Son dos cosas distintas, y conviene separarlas porque una te cuesta plata y la otra no.
La del fabricante ya existe, y es tuya para usar. Los radiadores vienen con diez años de garantía; los materiales de la instalación, con cincuenta. Esas garantías las da el fabricante, no vos: no te cuestan un peso y ya están escritas. Lo único que hay que hacer es conocerlas, nombrarlas en el presupuesto con marca y modelo, y guardar las facturas.
Ahí se pasa por alto algo todo el tiempo. Escribir que el material tiene cincuenta años de garantía no es un dato administrativo: es la respuesta a la pregunta que el cliente no sabe formular, que es “¿y esto cuánto me va a durar?”. El que la deja escrita está mostrando algo que el que no la nombra tiene exactamente igual, y no le sirve de nada.
La tuya es la instalación, y esa sí la pagás vos. Dos años sobre el trabajo propio es un plazo sostenible. Lo que cubre es la ejecución —lo que armaste, soldaste, montaste y pusiste en marcha—, no el uso, ni la falta de mantenimiento, ni lo que haya intervenido un tercero después de que te fuiste. Eso último se escribe: una garantía sin límites no es más generosa, es más discutible.
Y tiene una consecuencia de plata que engancha con todo lo anterior. La garantía propia es un costo previsible: alguna obra va a llamar. Ese renglón ya está contemplado unos párrafos más arriba, en la lista de lo que paga el margen. Es una de las razones por las que el margen no es lo que sobra.
La posventa: lo que se dice de vos cuando no estás
Pensá de dónde salió tu última obra. No de un cartel, no de un aviso: de alguien que te contrató antes y habló bien de vos.
Ese es el dato incómodo del negocio. El presupuesto compite —siempre hay otro más barato—, pero el nombre no compite con nadie: o te llaman a vos, o ni te enteraste de que había una obra. Y como no se factura, no aparece en ninguna planilla, así que es lo único importante que nadie administra.
El nombre tampoco se construye donde uno cree. Las obras que salen bien casi no suman: era lo que se esperaba, y a los seis meses nadie se acuerda. Un nombre se hace, entero, en las pocas veces que algo sale mal. Ahí el cliente ve por primera vez con quién estuvo tratando todo este tiempo.
Un trabajo de una mañana: retirar un radiador de un departamento. Mandé dos empleados y me olvidé del asunto.
Desconectaron, no salió una gota, taparon las conexiones como se tapa algo que está seco y se fueron.
No salió una gota porque esa instalación era de vapor. Con el sistema frío ahí no hay agua: está toda en la caldera. Y lo que sube por las cañerías cuando el equipo arranca no gotea, no se ve y no avisa. Que no salga nada al desconectar no significa absolutamente nada, y el que sabe dónde está parado lo sabe sin pensarlo.
Esa noche encendieron la calefacción.
A las diez me llamó la propietaria: el departamento estaba lleno de vapor.
Pagué la pintura completa, a nuevo. Fue lo único que hubo que reparar, y eso fue suerte: en esa escena podía haber habido muebles, papeles, cuadros, gente.
Nadie discutió de quién era la responsabilidad, porque no había nada que discutir: la gente era mía, el trabajo era mío, el error era mío.
Y lo caro de esa noche no fue la pintura. Fue tener a mano tres o cuatro frases perfectamente ciertas —el empleado no consultó, era un trabajo menor, nadie me avisó qué instalación había— y no usar ninguna. Porque esa puerta está siempre abierta, no cuesta nada cruzarla y del otro lado te espera exactamente lo mismo que dejaste: una señora que igual va a hablar de vos.
Eso no se elige. Que hable, hablaba seguro. Lo único que estaba en mis manos era qué iba a decir.
Por eso hacerse cargo no es blandura, es la lectura más fría que hay del negocio: el que responde pierde una obra, y el que se escapa pierde las que esa obra le iba a traer. La diferencia es que las segundas no avisan. No hay reclamo, no hay discusión, no hay nada: simplemente el teléfono no suena, y uno nunca se entera de por qué.
Todo este artículo se apoyó en el Código Civil, porque el Código sirve. Pero esto último no sale de ahí, y el consejo que mejor lo dice tiene bastantes más años que cualquier código:
De más estima es el buen nombre que las muchas riquezas, y la buena fama más que la plata y el oro.
— Proverbios 22:1
Un trabajo mal terminado se paga una vez. Un nombre se cobra, o se pierde, en todas las obras que vienen después.
Qué tiene que decir un presupuesto
Juntando todo, esto es lo mínimo. Si algo de esta lista falta, ahí está el agujero por donde se te va a escapar la plata.
Quiénes y qué
- Datos de las dos partes y domicilio de la obra.
- Fecha y número de presupuesto.
- Qué incluye, detallado por ítem.
- Qué NO incluye. El renglón más importante de todos, y el que casi nadie escribe: obra civil, picado y reparación, pintura, conexión eléctrica, trámites y planos ante el ente que corresponda, provisión de gas, andamios. Todo lo que el cliente puede llegar a suponer incluido tiene que estar nombrado acá.
El número
- Sistema de contratación: ajuste alzado, por unidad de medida, coste y costas, o la combinación que hayas armado. Escribilo con todas las letras (acordate del 1262).
- Materiales con marca y modelo, o la fórmula “o equivalente de igual calidad”. Es lo que evita que después te pidan la caldera cara al precio de la barata.
- Quién provee cada material.
- Plazo de validez del presupuesto.
El tiempo
- Plazo de ejecución, en días de trabajo.
- De qué depende ese plazo: qué tiene que estar listo en la obra para que vos entres, y qué pasa si no lo está.
La plata
- Esquema de pagos, atado a hitos verificables.
- La cláusula de suspensión por falta de pago.
El futuro
- Cómo se tratan los adicionales: por escrito, valorizados y aprobados antes de ejecutarse. Dejalo dicho desde el primer día, así cuando mandes el primero no es una novedad.
- Garantía, en dos renglones y no en uno: la del fabricante sobre los materiales (con marca, modelo y plazo) y la tuya sobre la instalación, con su plazo y qué la anula.
- Condiciones de recepción y acta de entrega.
Volviendo al principio
Al mendocino no le faltó capacidad. Le sobraba: por eso el arquitecto le siguió pidiendo cosas, y por eso la casa salió bien.
Le faltaron treinta segundos por cambio.
Esa es la parte del trabajo que no se aprende mirando trabajar a nadie, porque no se ve. La instalación se mira, se copia, se pregunta, se corrige. Esto otro pasa solo, en una mesa, cuando ya no queda nadie en la obra. Y define —más que la soldadura y más que el cálculo— si veinte años terminan siendo un patrimonio o la sensación de haber laburado muchísimo para nada.
Presupuestar bien no es cobrar más caro. Es cobrar lo que ya estás haciendo.
Fuentes
Los artículos citados corresponden al Código Civil y Comercial de la Nación (Ley 26.994), Libro Tercero, Título IV, Capítulo 6 — Obra y servicios, y Capítulo 9 — Efectos:
- Artículo 1255 — Precio
- Artículo 1262 — Sistemas de contratación
- Artículo 1264 — Variaciones del proyecto convenido
- Artículo 1272 — Plazos de garantía
- Artículo 1031 — Suspensión del cumplimiento
- Artículo 1032 — Tutela preventiva
- Artículo 1091 — Imprevisión
El caso que abre y cierra la guía es real y llegó por relato directo. El del departamento con instalación de vapor es propio. En ninguno de los dos se nombra a las partes.

