El cliente no llama por el agua. Llama porque no se puede bañar.
El agua sale hirviendo, abre la fría para compensar y entonces sale tibia, vuelve a acomodar y otra vez quema. No hay punto medio. Lo que antes se regulaba con un cuarto de vuelta ahora es una pelea, y la conclusión del propietario es la que sacaría cualquiera: esta caldera anda mal.
La caldera anda. Lo que está tapado es el intercambiador secundario.
Qué es el secundario, y por qué es el que sufre
Una caldera mural que da calefacción y agua caliente tiene dos intercambiadores, y hacen trabajos distintos.
El primario recibe la llama. Es donde el fuego calienta el agua del circuito de calefacción, la misma que después va a los radiadores o al piso y vuelve.
El secundario no ve la llama nunca. Es un intercambiador agua‑agua: un paquete de placas metálicas muy juntas, con dos circuitos que corren pegados sin mezclarse. Por un lado pasa el agua caliente de la calefacción; por el otro, el agua de la red que va a la ducha. El calor cruza la placa. El agua no.
Y ahí está la diferencia que explica todo lo que sigue: por el lado de la calefacción pasa siempre la misma agua, y por el otro entra agua nueva cada vez que alguien abre una canilla.
- El circuito de calefacción. Sale, recorre los emisores y vuelve. Es siempre la misma agua: en toda la temporada no entra una gota nueva, salvo que haya una pérdida.
- El intercambiador secundario, agua‑agua. Las dos aguas corren pegadas y separadas por la placa: pasa el calor, no el líquido.
- El lado sanitario. El agua entra de la red, se calienta al pasar y se va por la canilla. Nunca vuelve. Cada ducha trae agua nueva con todo lo que esa agua traiga disuelto.
- El intercambiador primario, el que recibe la llama. No interviene en esta historia.
Ese día vi dos más
La primera visita a ese barrio privado fue por una caldera. Destapar el intercambiador y devolver el equipo a servicio es un trabajo conocido, y de ahí en más el caso se cierra solo.
Salvo que ese mismo día, en el mismo barrio, vi dos casos iguales.
A los cuatro meses el mismo cliente volvió a llamar: se había tapado otra vez. Esa jornada, entre otro técnico y yo, revisamos cuatro calderas más.
Y con eso el problema deja de ser una caldera. Una caldera tapada es una caldera; siete son el agua.
En las charlas con los propietarios apareció el dato que faltaba, y lo aportaron ellos: les habían dicho que el agua era potable. Mandamos una muestra a un análisis bromatológico y el resultado confirmó las dos cosas al mismo tiempo. Era potable. Y tenía un contenido de minerales alto.
Las dos cosas eran ciertas a la vez. Ahí está el asunto.
Potable y apta no son la misma medida
Un análisis de potabilidad responde una pregunta muy concreta: si esa agua se puede tomar. No responde si le sirve a una caldera, porque nadie se lo preguntó.
Y no son parecidas. Son dos números distintos, y los dos están publicados.
El Código Alimentario Argentino, en su artículo 982, admite para agua potable una dureza de hasta 400 mg/L. La dureza es, en criollo, cuánto calcio y magnesio trae el agua disuelto, y se mide en miligramos por litro expresados como carbonato de calcio.
El manual argentino de la Baxi Duotec, que distribuye Triangular, fija otra cosa: por encima de 20 grados franceses “es preciso instalar un dosificador de polifosfatos o un sistema similar”.
El grado francés es otra forma de escribir lo mismo: 1 grado francés = 10 mg/L. Así que esos 20 son 200 mg/L. Conviene saberlo porque el manual lo imprime como “20 °F” y no son grados Fahrenheit; es una unidad de dureza, no de temperatura, y leerla mal es lo más fácil del mundo.
Puestos uno al lado del otro:
- Agua potable, y adentro de lo que el fabricante acepta sin tratar.
- La franja del medio, que es donde está el problema: el agua es potable —el análisis da bien y el análisis tiene razón— y al mismo tiempo el fabricante ya exige tratamiento.
- Por encima de 400 el agua deja de ser potable. Para la caldera, hace rato que estaba fuera de rango.
Toda esa franja del medio es agua que un vecino puede tomar tranquilo y que al mismo tiempo tiene el doble de la dureza que el fabricante de su caldera acepta sin tratamiento.
Nadie mintió en ese barrio. La pregunta que se hizo era otra.
De dónde viene el agua de esa casa
En un barrio privado el agua es casi siempre de pozo. Es lo habitual y en buena medida define al lugar: la red no llega, y el barrio se abastece de su propia perforación.
Y el agua subterránea trae más minerales por un motivo simple: estuvo mucho tiempo en contacto con el terreno. Va atravesando sedimentos, disuelve carbonatos a su paso y llega a la bomba con todo eso adentro. El agua de un río hizo un recorrido completamente distinto.
Acá conviene desarmar una idea muy instalada, porque es la que hace que el tema pase desapercibido en la ciudad: una planta potabilizadora no ablanda el agua.
Lo que una planta hace es coagular, decantar, filtrar y desinfectar. Eso saca turbiedad, sólidos en suspensión y microorganismos, que es exactamente su trabajo. El calcio y el magnesio están disueltos, no en suspensión, y salen por el otro lado igual que entraron. Para bajar la dureza hace falta un proceso específico —ablandamiento, intercambio iónico, ósmosis— que una potabilizadora convencional no tiene por qué incluir.
Si el agua de red de una ciudad resulta más blanda que la de una perforación cercana, en general es por el origen del agua cruda, no porque la planta se la haya sacado.
Por eso el mismo modelo de caldera puede llevar años sin un problema en un departamento y taparse dos veces al año a treinta kilómetros de ahí. No es la caldera, no es el instalador y no es la marca. Es de dónde sale el agua.
Por qué el agua sale hirviendo
Volvamos a la ducha del principio, que es lo que el cliente vive.
Cuando el carbonato precipita adentro del secundario, no lo tapa de golpe: va achicando la sección por donde pasa el agua. Los canales de un intercambiador de placas son angostos por diseño —así logra mucha transferencia en poco espacio—, y esa misma virtud es la que lo hace sensible. Una capa fina en cada pared se lleva una parte grande del paso libre. Un serpentín, con un diámetro mayor, tolera mejor la misma capa.
Menos sección es más resistencia al paso, y más resistencia es menos caudal.
Y ahí aparece lo que el cliente siente en la mano. La caldera sigue entregando calor, pero ahora ese calor se reparte entre mucha menos agua. La misma potencia sobre menos litros da más temperatura, y no es una figura: es una cuenta de una línea.
Con una caldera de 24 kW y agua entrando a 15 °C, el número queda así:
| Caudal de agua caliente | Temperatura a la que sale |
|---|---|
| 10 litros por minuto | unos 49 °C |
| 6 litros por minuto | más de 70 °C |
Ese es el salto. El caudal se redujo y el agua pasó de caliente a escaldante, con el mismo mando en la misma posición.
En la práctica el equipo modula y el sensor de caudal corrige, así que el número real de la ducha no es exactamente ese. Lo que describe la cuenta es hacia dónde empuja el sistema, y por qué la regulación se vuelve imposible: el cliente mueve el grifo, la caldera mueve la llama, y ninguno de los dos llega a estabilizar nada.
- El canal limpio, visto en corte. Entre placa y placa el agua pasa sin obstáculo.
- El mismo canal con la capa de carbonato pegada a las dos paredes. Lo que se pierde no es una pared: son las dos, y el paso libre se achica desde los dos lados a la vez.
- Caudal normal: el calor se reparte entre muchos litros y el agua sale a la temperatura pedida.
- Caudal reducido: el mismo calor sobre menos litros. El agua sale mucho más caliente y deja de poder regularse.
El corte por sobretemperatura, cuando llega, llega después. Para entonces el cliente ya sabe hace rato que algo anda mal, y no lo aprendió de un código en el visor: lo aprendió en la ducha.
El síntoma avisa durante meses. La falla, no avisa nada
Nada de esto ocurre de un día para el otro.
El intercambiador no se tapa: se va tapando. El depósito se acumula capa sobre capa a lo largo de meses, y por eso la regulación tampoco se pierde de golpe. Se va poniendo difícil. Primero es un detalle que se acomoda moviendo el grifo un poco más que antes. Después hay que buscar el punto. Al final no hay punto.
Esa lentitud es lo único bueno del asunto, y conviene leerla como lo que es: un aviso largo. El equipo lleva meses diciendo que algo cambió, y lo dice en el único lugar donde el propietario lo escucha, que es la ducha.
Ahora, que el agua se vaya de temperatura no prueba que el problema sea el agua. Una caldera puede dejar de regular por varias razones, y el secundario incrustado es una de ellas. Lo que el síntoma indica con certeza es que hay que revisar el equipo; cuál es la causa lo dice la revisión, no la ducha.
Y queda una última cosa, que no es técnica y que cualquiera que haya tenido una caldera va a reconocer al toque: estas cosas no terminan de romperse un martes a las diez de la mañana. Se rompen el viernes a la noche. El domingo con la casa llena de gente. Un día a las dos de la madrugada. Casualidad, por supuesto —algo ayuda que sea justo cuando más se le está pidiendo—, pero hay que reconocerle la puntería.
Así que si el agua viene difícil de regular desde hace un tiempo, conviene atender el aviso mientras todavía es un aviso: un día de semana, con tiempo, y sin nadie esperando para bañarse.
Del lado de la calefacción esto no pasa
Es la parte que más sorprende y la que ordena todo lo demás.
Un circuito de calefacción es cerrado. Se llena una vez, y esa agua queda adentro girando. Trae su calcio y su magnesio, sí, y en los primeros arranques una parte precipita: es la única temporada en que ese circuito genera sarro.
Después se termina. El pH se estabiliza dentro del sistema, las sales que tenían que decantar ya decantaron y el agua deja de reaccionar. No hay aporte nuevo. Un circuito bien cerrado no tiene un problema de dureza, por dura que fuera el agua con la que se llenó.
Así que si en una instalación de calefacción aparece sarro en serio, el agua no es la explicación: la explicación es que entró agua nueva. Y el agua nueva entra por un solo motivo, que es que se está yendo por algún lado.
La reposición no es una tarea de mantenimiento. Es el síntoma de una pérdida, y el sarro que aparece después es la consecuencia de haberla estado tapando con la canilla de llenado. Cuando un equipo pide agua seguido, el trabajo no es tratar el agua: es encontrar la pérdida. De eso trata la nota sobre cómo encontrar una pérdida sin abrir la casa.
Por eso los filtros van del lado sanitario. No es una preferencia: es el único lado donde el problema se renueva.
Los taponamientos no vienen solos
Hay un segundo efecto del agua muy mineralizada, y es eléctrico.
Cuando en una instalación se tocan dos metales distintos —cobre con acero, cobre con aluminio, un accesorio de latón contra una cañería de hierro— y los dos están mojados por un agua que conduce, se arma una pila. Literalmente. Uno de los dos metales hace de polo negativo y se va gastando para alimentar esa corriente mínima; el otro queda protegido. En la unión de cobre con acero, el que pierde material es el acero.
Lo que el agua mineralizada aporta es el electrolito: cuantos más iones lleva disueltos, mejor conduce y más fácil se cierra ese circuito.
Es tentador pensar que una capa de sarro aísla el metal y ahí se termina el asunto. A veces reduce el contacto, es cierto. Pero un depósito poroso también retiene agua contra la superficie, crea zonas con distinta aireación y arma pequeñas celdas debajo de sí mismo, donde la corrosión trabaja localizada y sin que se vea.
Son dos fenómenos distintos —uno es precipitación, el otro es electroquímica— y conviene no darlos por resueltos con el mismo argumento.
Los tres tratamientos, y qué hace cada uno
Se los nombra casi como sinónimos y hacen cosas diferentes. La confusión más común es la primera.
El filtro de polifosfatos
Es el que se consigue, el que se instala de verdad en las casas y el que se puso en todas las calderas de aquel barrio.
No ablanda el agua. Conviene decirlo así de frontal, porque es lo que casi todo el mundo cree que hace. El calcio y el magnesio siguen ahí después del filtro, enteros: si se manda esa agua a un análisis, la dureza da lo mismo que antes.
Lo que hace es otra cosa, y es más fina. Con una dosis mínima de polifosfato en el agua —hexametafosfato de sodio, en general— el carbonato ya no puede formar el cristal duro y bien pegado que forma solo. Los cristales crecen deformados, no alcanzan tamaño y no se adhieren a la pared. El mineral sigue en el agua y se va por el desagüe en lugar de quedarse en el intercambiador.
Es prevención, y sólo eso: en un equipo que ya tiene el secundario incrustado, un filtro no lo va a limpiar.
Sobre su límite hay que ser honesto, porque circula mucha afirmación redonda: se suele leer que el polifosfato “deja de funcionar” a determinada temperatura. No existe un número único y verificable que valga para todos los productos. La molécula efectivamente se degrada con el calor, pero cuánto y a partir de dónde depende del polifosfato, del pH, del tiempo que el agua permanece caliente y del propio equipo. Lo que corresponde es mirar la ficha del producto que uno instala, y desconfiar del que promete protección sin condiciones.
Dónde va montado define a qué le sirve, y no le sirve solamente a la caldera. Se instala a la salida del tanque de agua y antes del colector de distribución, de modo que el agua entre ya tratada a cualquier sector de la casa. No es un accesorio del equipo: es el tratamiento de toda la instalación sanitaria, y la caldera es una de las que se beneficia.
Y no se coloca durante la construcción. Mientras la casa está en obra nadie trata el agua —es todo provisorio y el gasto no tendría destino—, así que el filtro es siempre una decisión de la casa terminada. Por eso alguien la tiene que plantear a tiempo: no aparece sola en ningún plano.
Sobre cada cuánto se repone la carga tampoco hay un número que sirva para todos: depende de la dureza del agua, del tamaño de la demanda y del uso que tenga esa casa. El intervalo lo da el producto, no una regla general.
Lo que sí conviene dejarle dicho al propietario es que la carga —las piedras— la repone él mismo, y es sencillo. No hace falta llamar a nadie. Es de las pocas tareas de una instalación que quedan de su lado, y avisarlo no es un detalle: un filtro que nadie sabe que hay que recargar deja de servir sin que nadie se entere.
El ablandador de resina
Este sí saca la dureza, y es la diferencia de fondo con el anterior.
Adentro del equipo hay resinas de intercambio iónico, y son ellas las que hacen el trabajo: el agua las atraviesa y la resina cambia el calcio y el magnesio por sodio. No los disfraza, los retira. Cuando la resina se satura hay que regenerarla con salmuera, y por eso el equipo lleva un depósito de sal, consume agua en cada enjuague y necesita alguien que lo atienda. Es una instalación con mantenimiento, no un cartucho.
La ósmosis inversa
Es la más potente y la que peor se entiende en este contexto. Hace pasar el agua por una membrana que retiene la mayor parte de lo que trae disuelto, y descarta un caudal de rechazo.
El punto es que quita casi todo, y eso también es un problema. Un agua desmineralizada perdió, junto con la dureza, la alcalinidad que le daba cierta protección a los metales, y sin un inhibidor adecuado resulta agresiva con la propia instalación. Sirve como agua de calidad controlada para llenar un circuito —con su tratamiento— mucho más que como solución para abastecer de agua caliente a una casa entera.
Dónde se los encuentra de verdad
Entre lo que un catálogo ofrece y lo que uno se encuentra al entrar a una casa hay distancia, y vale decirla.
El filtro de polifosfatos es el equipo corriente: el que se consigue y el que uno se encuentra puesto.
Los otros dos existen y se ven, pero no en cualquier vivienda. Los ablandadores que me tocó encontrar estaban en casas de familia grandes, que es donde hay lugar para el equipo, presupuesto para ponerlo y alguien que se ocupe de la sal. Y la ósmosis inversa que recuerdo ni siquiera era del todo doméstica: estaba en una chacra de cerezas para exportación en Gaiman, con bombas Grundfos —una instalación pensada como parte de un proceso productivo, no como el tratamiento de agua de una vivienda.
De ahí no se puede sacar cuán extendidos están: no hay dato publicado y mi muestra son las obras que pisé. Lo que sí queda firme es la diferencia técnica entre los tres, que es lo que decide cuál corresponde en cada caso.
Lo que ninguna norma dice
Buscando el respaldo de todo esto aparece un vacío que vale la pena nombrar.
No hay en la Argentina una norma que fije la dureza máxima del agua para una caldera doméstica, ni que obligue a tratarla. Lo que hay es el límite sanitario del Código Alimentario, que regula si el agua se puede tomar, y las instrucciones de cada fabricante, que valen para su equipo.
O sea que ese tramo lo decide el que instala, con el manual en la mano. No es un descuido de nadie: es un asunto que quedó entre dos jurisdicciones, la del agua potable y la del artefacto, y no terminó de ser de ninguna.
Lo mismo pasa con la pregunta que todo cliente hace después: cada cuánto se vuelve a tapar. No hay intervalo publicado, y no lo hay porque no puede haberlo: depende de la dureza, de la temperatura de trabajo, del consumo de esa casa y del propio equipo. Los fabricantes de intercambiadores no dan un calendario; dan un criterio, que es medir el caudal y compararlo con el de la instalación limpia.
Lo que sí puedo aportar es un caso: en aquel barrio, sin tratamiento, fueron cuatro meses.
¿Y con el filtro puesto? Ahí prefiero decir exactamente lo que vi, que es menos redondo de lo que a cualquiera le gustaría: el problema no se terminó, se espació. Los equipos anduvieron mejor y los mantenimientos se fueron alejando. Eso es lo que un polifosfato puede dar, y no siempre es lo que se promete al venderlo.
Tiene sentido si se vuelve a lo que hace. El mineral sigue entrando a la casa con cada apertura de canilla: el filtro consigue que no se agarre a la placa, no que deje de estar.
Y corresponde una honestidad más. De aquel barrio puedo hablar de las casas que atendí yo. No todos los propietarios tomaron el mismo camino, y qué terminó haciendo cada uno por su cuenta no hay manera de saberlo.
La pregunta que falta en el relevamiento
Cuando se releva una vivienda se pregunta por la superficie, por la orientación, por los ambientes y por dónde va a ir la caldera. Está bien preguntado y alcanza para dimensionar la instalación.
Falta una, y son cinco segundos: ¿de dónde viene el agua de esta casa?
Si viene de red, el asunto probablemente termine ahí. Si viene de una perforación —y en un barrio cerrado casi siempre viene de una perforación—, ese dato cambia lo que hay que instalar, cambia lo que hay que explicarle al propietario y cambia el mantenimiento que ese equipo va a necesitar durante toda su vida.
Es la diferencia entre entregar una instalación y entregar una instalación que va a durar en ese lugar.
Y tiene una ventaja que no es menor: el día que esa caldera se tape, el que preguntó lo tiene dicho de antes. El que no preguntó lo va a discutir después, con el cliente convencido de que el problema es el equipo que le vendieron.
Fuentes
- Código Alimentario Argentino, capítulo XII, artículo 982 — agua potable — el límite de dureza total de 400 mg/L para agua de consumo.
- Baxi / Triangular S.A. Manual de instalación y uso, Duotec — la exigencia de dosificador de polifosfatos por encima de 20 grados franceses, la equivalencia de la unidad y el sobrecalentamiento del intercambiador entre los efectos de los depósitos.
- Longvie. Manual de termotanques convencionales — recomendaciones para zonas de agua dura y el depósito de sarro por encima de los 60 °C. (Es un termotanque, no una caldera mural: se cita por el criterio sobre el agua, no por el equipo.)
- Caleffi. Idronics 18 — Water quality in hydronic systems — literatura técnica extranjera, citada por el mecanismo: la incrustación como resistencia al paso y como resistencia térmica, y la celda galvánica entre cobre y acero en agua conductora.

